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sábado, 25 de marzo de 2017

Simbolismo e Iniciación en el arte del Tiro con Arco

Nota del autor del blog: la inclusión del siguiente texto en este blog, referida a la disciplina del tiro con arco en el mundo islámico, se justifica dado el interés por explorar la dimensión espiritual de una práctica antiquisíma, que en Extremo Oriente tuvo singulares desarrollos en el mundo del budismo zen, pero que al mismo tiempo fue también considerada herramienta meditativa (y a veces, hasta religiosa) en otras culturas. Tener en cuenta las distintas miradas (interculturales) sobre una disciplina, nos puede ayudar a entenderla mejor, y a su profundidad inherente.


Simbolismo e Iniciación en el arte del Tiro con Arco
por Ananda K. Coomaraswany

El contenido simbólico de un arte está originalmente ligado a su función práctica, pero no se pierde necesariamente cuando, bajo condiciones cambiadas, el arte no se practica ya por necesidad sino como un juego o deporte; e inclusive cuando un deporte tal se ha se ha secularizado completamente y ha devenido para el profano un simple recreo o entretenimiento es todavía posible para quienquiera que posee el conocimiento requerido del simbolismo tradicional completar esta participación física en el deporte, o en el disfrute mismo como un espectáculo, con una comprensión de su significación olvidada, y restaurar así, para sí mismo al menos, el equilibrio polar de lo físico y de lo "metafísico" que es característico de todas las culturas tradicionales.

La posición con tiro con arco en Turquía, mucho después de que la introducción de las armas de fuego hubiera sustraído al arco y la flecha su valor militar, nos proporciona un excelente ejemplo de los valores rituales que pueden todavía ser inherentes en lo que a un observador moderno podría parecerle un "simple deporte". Aquí el tiro con arco se había convertido en el siglo XV en un "deporte" bajo patronazgo real, y los sultanes mismos competían con otros en el "campo". En el siglo XVI, en los festivales de la circuncisión de los hijos de Muhammad II, los arqueros competidores disparaban sus flechas sobre placas de hierro y espejos de metal, o bien las disparaban a valiosos premios colocados sobre postes elevados: los simbolismos involucrados son evidentemente los de la "penetración", y el de la obtención de los bienes solares no dentro del alcance directo del arquero; podemos asumir que, como en la India, la "doctrina" implicaba una identificación del arquero mismo con la que flecha que alcanza su blanco.

Mahmud II, en el primer cuarto del siglo XIX, era uno de los más grandes patrones de los gremios de los arqueros, y fue para él mismo y "en orden a revivir la Tradición",- es decir, en "imitación renovada de la Vía de Muhammad", el modelo de la conducta humana- como Mustafa Kani compiló su gran tratado sobre el tiro con arco, el Taljus Rasail ar Rumah, en el cual se resumen los contenidos de una larga serie de obras más antiguas sobre el tema y se da una cuenta detallada del arte entero de la confección y del uso del arco y la flecha.

Ananda Coomaraswamy

Kani comienza estableciendo la justificación canónica y la transmisión legítima del arte del arquero. Citaba cuarenta Hadit, o dichos tradicionales de Muhammad, el primero de éstos haciendo referencia al Corán (VIII.60) "Preparar contra ellos cuanta fuerza podáis"; donde toma "fuerza" como significando "arqueros"; otro Hadit atribuye a Muhammad el dicho de que "hay tres a quienes Allah conduce al Paraíso por medio de una y la misma flecha, es decir su hacedor, el arquero, y el que la cobra y la devuelve", entendiendo aquí el comentador que la referencia es al uso del arco y de la flecha en la Guerra Santa; otra Hadit glorifica el espacio entre los dos blancos como un "Paraíso". En una otra dirección la "Vía" que conduce directamente desde el sitio del arquero hasta el blanco (solar) es obviamente un "equivalente", en proyección horizontal, del Axis Mundi: y haciendo andadura sobre esta Vía el arquero esta siempre, por lo tanto, en una posición "central" y "paradisíaca" con respecto del "Campo" entendido como un todo.

Kani llega hasta "derivar" el arco y la flecha de los que fueron dados por el ángel Gabriel a Adán, quien había suplicado a Dios que le asistiera contra los pájaros que devoraban sus cosechas. Vinieron a asistirle, Gabriel dijo a Adán: "Este arco es el poder de Dios; esta cuerda es su majestad; estas flechas son la cólera y el castigo de Dios infligidos a sus enemigos". Desde Adán la tradición fue transmitida a través de la "cadena" de los Profetas (el arco compuesto le fue revelado a Abrahán) hasta Muhammad, cuyo Compañero Sab b. Abi Waqqas, "el Paladín del Islam", fue el primero que disparó contra los enemigos de Allah bajo la nueva dispensación, y es por consiguiente el Pir o santo Patrono del gremio de los arqueros Turcos, entre quienes la transmisión iniciática nunca se ha interrumpido (a no ser, quizás, muy recientemente).

A la cabeza del gremio de los arqueros está el "sayj del campo". El gremio mismo es una agrupación definitivamente secreta, dentro de la cual solamente hay admisión por cualificación e iniciación. La cualificación es principalmente un asunto de instrucción bajo un maestro (usdat), en la que la aceptación de un aspirante, o más bien de un discípulo, se acompaña de un rito en el que se dicen plegarias en beneficio de las almas del Pir Sad b. Abi Waqqas, de los imam arqueros de todas las generaciones y de todos los arqueros creyentes. El maestro transmite al aspirante un arco con las palabras: "Según la costumbre de Allah y la Vía (sunna) de su Evangelio elegido..." El aspirante recibe el arco, besa su empuñadura, y lo tensa.
(...) Cuando el aspirante ha pasado a través del curso entero de la instrucción y se ha vuelto diestro, entonces sigue la aceptación formal del candidato por el sayj. El candidato debe mostrar que puede acertar en el blanco y que puede disparar desde una distancia no menor de novecientas zancadas. El sayj está satisfecho, el discípulo se arrodilla ante él y levanta un arco que yace próximo a él, lo tensa, y encaja una flecha en la cuerda, y habiendo hecho esto tres veces lo retira, todo con extrema formalidad y de acuerdo con reglas fijadas. El sayj instruye entonces al maestro de ceremonias para que lleve al discípulo a su maestro, de quien recibirá la "empuñadura" (gabza). Se arrodilla delante del maestro y besa su mano; el maestro le toma la mano derecha en señal de una vinculación cuyo modelo es el Corán (XL VIII. 10-18), y susurra el "secreto" en su oído. El aspirante es ahora un miembro del gremio de los arqueros y un eslabón en la "cadena" que remite hasta Adán. En Adelante nunca usará el arco a menos de estar en una condición de pureza ritual; antes y después de usar el arco siempre besará su empuñadura. Ahora puede tomar parte libremente en las contiendas formales y en el caso de que devenga maestro de tiro de larga distancia, puede establecer un récord que será marcado con una piedra.

La recepción de la "empuñadura" es el signo exterior de la iniciación del discípulo. (Ahora)... la "empuñadura" es algo más que un simple asidero del arco: la empuñadura misma implica el "secreto". La empuñadura es de hecho, en el caso del arco compuesto usado por los Turcos y la mayor parte de los Orientales, la parte media del arco, la cual pone en relación sus otras dos parte, superior e inferior. Es por esta pieza media como el arco es hecho uno. Solamente cuando se intente comprender esto, aparece la significación metafísica del arco, el cual había sido descrito por Gabriel como el "poder" de Dios; la empuñadura es la unión de Allah con Muhammad. Pero decir esto es formular el "secreto" solamente en su forma más críptica: una explicación más amplia, basada en las enseñanzas de Ibn al Arabi se comunica al aspirante. Aquí se indica solamente que lo que constituye el eslabón entre la Deidad-arriba y el profeta-abajo es el Qutb en tanto que Axis mundi, y que éste es una forma del Espíritu (ar-Ruh). (*)

(*) Fuente: Ananda K. Coomaraswamy, El tiro con arco, Barcelona, Biblioteca de los símbolos de Ediciones Obelisco, 1991.

jueves, 16 de junio de 2016

Taozen y arquería (Herrigel)

 Eugen Herrigel




"El Zen no quiere ser especulación sino vivencia directa de aquello que, en primer lugar, como causa sin causa de lo existente, no puede concebirlo el intelecto ni, aun después de las experiencias más inequívocas e irresistibles, puede ser aprehendido e interpretado: uno lo conoce sin conocerlo. Sigue caminos que, a través de un recogimiento practicado metódicamente, han de conducir al hombre a percibir en lo más profundo de su alma lo inefable que carece de causa y modos, y lo que es más, a unirse con ello.

Como si se opusiera a toda penetración, nuestras tentativas de explorarlo mediante la intuición y la empatía, a los pocos pasos encuentran obstáculos insalvables. Ningún hombre razonable exigirá que el zenista trate ni siquiera de bosquejar las experiencias que lo han liberado y transmutado, la impensable e inexpresable “Verdad” que, en adelante, alimenta su vida. En este sentido, el Zen está emparentado con el puro misticismo contemplativo. Quien no haya tenido experiencias místicas queda excluido, haga lo que hiciere. De ahí que será comprendido únicamente por un místico, que no sucumbirá a la tentación de obtener en forma subrepticia lo que la experiencia mística le niega.

Ningún místico, ni en consecuencia ningún zenista es, después de dar el primer paso, quien será cuando haya consumado su autoperfección. ¡Cuántas cosas tiene que vencer y dejar atrás hasta que, por fin, tropiece con la verdad! ¡Cuántas veces le atormenta en el camino la desconsoladora sensación de aspirar a lo imposible! Y, no obstante, llegará el día en que lo imposible se habrá hecho posible; más aún, natural. No menos decisivo es que sus vivencias, victorias y transmutaciones han de ser vencidas y transmutadas una y otra vez, hasta tanto todo lo suyo esté aniquilado. Solo así se establece la base para las experiencias que, como “Verdad universal” lo despiertan a una vida que ya no es su vida cotidiana y personal. Vive sin que siga siendo él quien vive.

Ese estado en el que nada definido se piensa, proyecta, aspira, desea ni espera, que no apunta en ninguna dirección determinada y en el que, no obstante, desde la plenitud de su energía, uno se sabe capaz de lo posible y de lo imposible; ese estado, fundamentalmente libre de intención y del yo, es el que el maestro llama propiamente “espiritual”. En efecto, está cargado de vigilia espiritual, por lo cual se lo llama también “genuina presencia del espíritu”. Esto significa que el espíritu se halla presente por doquier, porque no está prendido en ningún lugar.


El autor del blog tomando clases de arquería taoísta en la querida Fundación Centro del Tao. Año 1997. 

Por eso, aquel que se ha liberado de todas las ligaduras, tiene que ejercer cualquier arte que sea a partir de esa plenipotencia de su presencia de espíritu no perturbada por ninguna intención, por oculta que fuese. El desprendimiento y la liberación necesarios, la internalización y condensación de la vida hasta la plena presencia del espíritu, no se dejan abandonados a una favorable predisposición ni al azar, ni tampoco confiadamente al proceso creador. Al contrario, antes de todo hacer y realizar, antes de todo entregarse y asimilarse, se provoca esa presencia del espíritu y se la asegura por medio del ejercicio.

La obra interior consiste en que él, como hombre que es, como yo que se siente ser y como quien se reencuentra una y otra vez, se convierta en la materia prima de una plasmación y formación que desembocan en la maestría. En ella se encuentran el artista y el hombre, en el sentido más amplio de la palabra, en algo superior. Porque la maestría es válida como forma de vida, por el hecho de vivir arraigada en la verdad sin límites y de ser, con su apoyo, el arte del origen. El maestro ya no busca, encuentra. Como artista es un hombre sacerdotal, como hombre un artista en cuyo corazón –en todo su hacer y no hacer, crear y callar, ser y no ser- penetra la mirada del Buda. El hombre, el artista, la obra, todo es uno. El arte de la obra interior, que él no puede hacer, sino únicamente ser, surge de profundidades que la luz del día no conoce.

Todo maestro de un arte determinado por el Zen es como un relámpago generado por la nube de la verdad omnímoda. Ella está presente en la libre movilidad de su espíritu, y en el “Se” la encuentra como en su propia esencia, original e innombrable. Con esa esencia se enfrenta una y otra vez como con la suprema posibilidad de su propio ser; y la Verdad adopta para él mil formas y aspectos. Pero a pesar de haberse sometido paciente y humildemente a una inaudita disciplina, no ha alcanzado el nivel donde estuviese tan rigurosamente compenetrado e inspirado con el Zen como para que en cualquier expresión de su vida se sienta sostenida por él, de manera que su existencia conozca únicamente horas felices. La suprema libertad aún no se le ha convertido en necesidad absoluta.
Si se siente irresistiblemente impulsado hacia esta meta, tiene que encarnarse una vez más por el sendero del arte sin artificio. Tiene que dar el salto hacia el origen, para que viva desde la Verdad como quien se ha identificado íntegramente con ella. Tiene que volver a ser alumno, novicio; tiene que vencer el último y más escarpado tramo del Camino, pasando a través de nuestras transmutaciones. Si sale airoso de esta aventura, entonces su destino se consumará en el enfrentamiento con la Verdad no refractada, la Verdad que está por encima de todas las verdades, el amorfo origen de todos los orígenes:la Nada que lo es todo, la Nada que lo devorará y de la cual volverá a nacer".




(Texto extraído del libro "Zen en el arte del tiro con arco", de Eugen Herrigel, filósofo alemán y discípulo de Awa Kenzo, uno de los maestros más importantes de kyudo -arquería- de Tokio)